
Madre arregló todo para que Cynthia viniera esa tarde a casa. Cynthia no pertenecía a mi grupo de amigas, no se juntaba con los varones, no hacía travesuras, no hablaba de besarse con chicos, ninguno gustaba de ella. Además, era traga y tenía algo de cachivache. Por otro lado, nosotras creíamos ser lo más interesante y todo el resto podía pudrirse. Desde nuestro punto de vista, ella era parte de esa basura.
Era una tarde soleada y Cynthia llegó a mi casa. Padre estaba trabajando y madre, cansada como siempre, de cuidar tres niños, trataba de dormir una siesta. Cynthia y yo salimos al jardín a jugar allí. Entonces, se me ocurrió una idea, como madre está tan agotada, mientras duerme, podemos ayudarla y regar las plantas, así ella no tiene que hacerlo.
Abrimos la canilla y llenamos un balde, regamos el rosal, la enredadera y el malvón. Volvimos a llenar el balde, que era casi la mitad de mi tamaño. Era tiempo de regar el ficus.
El ficus era el árbol más grande y solía estar en el medio del jardín. Con dificultad arrastré el balde hasta allí. Convencí a Cynthia de que lo mejor era que yo lo regara porque era más fuerte, si bien, la verdadera razón era, simplemente, que yo quería hacerlo. Llegué frente al inmenso árbol, lo miré firmemente y me decidí a tomar fuerza. Debía ayudar a madre, ella estaba muy cansada. Tomé el balde blanco por la fina manija pero no podía levantarlo, por lo que, tras varios intentos, lo tomé por debajo, lo levanté lo más que pude, más allá de mi cabeza, y lo giré para verter toda el agua en el ficus. El resultado fue que ni una gota de agua fue para la planta, sino que toda, absolutamente toda el agua cayó sobre mí, mojando tanto mi pelo como mi remera y mi pantalón.
En un primer momento, Cynthia y yo nos reímos, pero luego pensé que debía cambiarme de ropa para poder concluir la tarea, y esto, debía realizarse sin despertar a madre. Entré a la casa sigilosamente, tratando de hacer el menor ruido posible, pero madre, como todas las madres, parece tener un sensor y se despertó. Me vio empapada. Se levantó inmediatamente y sin siquiera preguntarme lo sucedido, me dio una cachetada en la cara, empezó a gritar y volvió a abofetearme. Me tiró del pelo, cerró el puño y continuó golpeándome. Yo no escuchaba lo que ella me gritaba, algo así como que yo nunca la ayudaba y que no la dejaba descansar. Quiso golpearme con su zapato pero se descubrió descalza ante lo que reaccionó dándome una patada. Yo sólo trataba de defenderme de los golpes, cosa que difícilmente lograba. Yo lloraba y lloraba. Ya conocía sus ataques de furia, sólo había que soportar los golpes, cubrirme la cara lo más posible para que no quedaran marcas visibles y esperar a que se calmara. Madre me quitó la ropa por la fuerza sacudiéndome y lastimándome, y me puso ropa seca. Me gritó que la dejara dormir y finalmente, entre murmullos, me dejó ir.
En mi mente todo estaba negro. Vi a Cynthia mirándome. Yo me había olvidado de ella, de su presencia. Ella había visto y escuchado todo. Cerré los ojos para evitar los suyos y su expresión de espanto. Sentí pena y vergüenza de mi. Pero Cynthia me tomó de la mano y me llevó nuevamente al jardín. Ninguna dijo nada. Comenzamos a jugar silenciosamente hasta que yo olvidé lo sucedido y continuamos corriendo y saltando.
No pensé nada pero sentí que Cynthia sería mi amiga para siempre. Una gran amiga.
Llegaron las siete y vinieron a buscarla. Nos despedimos muy contentas en la vereda, soñando con las tardes de diversión que estarían por llegar. La próxima vez iría yo a casa de ella. Sí, y eso sería pronto.
A los pocos días, Cynthia me invitó a su casa. Le dije que no. Yo no la quería por amiga porque no jugaba con los varones, no hacía travesuras, no hablaba de besarse con chicos, ninguno gustaba de ella. Además, era traga y tenía algo de cachivache.
Nunca más volví a ver a Cynthia.