lunes 11 de mayo de 2009

Soñar, soñar.


Habíamos terminado de ensayar. Habían sido casi cuatro horas. Me molestaba el hecho de que ya no tenía ganas de seguir. Estaba cansada. No por haber tocado tanto sino por el ajetreo de mi vida, que no me da descanso.

Nos sentamos en los sillones y servimos el vino reservado en partes iguales. Por suerte, mi garganta lo toleraba. Mi cuerpo estaba de ánimo esa noche, aunque fuera solo para algunas cosas.

La película empezó a rodar y mientras fumamos. Bowie apareció con una falda muy corta. No me parecía una mujer, nunca me pareció. Lo rodeaba un aire sexual. Eso no me sorprendió, pero sí llamó mi atención que lo generara del modo en el que lo hacen las mujeres, mostrando las piernas flacas y largas.

Pasó un rato y pasaron buenas canciones. Volvimos a fumar. Pasó Ringo. Y quedamos en silencio.
Hace mucho tiempo que lo sé. No hay lugar para mis sueños en este mundo.

sábado 4 de abril de 2009

Cynthia.



Madre arregló todo para que Cynthia viniera esa tarde a casa. Cynthia no pertenecía a mi grupo de amigas, no se juntaba con los varones, no hacía travesuras, no hablaba de besarse con chicos, ninguno gustaba de ella. Además, era traga y tenía algo de cachivache. Por otro lado, nosotras creíamos ser lo más interesante y todo el resto podía pudrirse. Desde nuestro punto de vista, ella era parte de esa basura.

Era una tarde soleada y Cynthia llegó a mi casa. Padre estaba trabajando y madre, cansada como siempre, de cuidar tres niños, trataba de dormir una siesta. Cynthia y yo salimos al jardín a jugar allí. Entonces, se me ocurrió una idea, como madre está tan agotada, mientras duerme, podemos ayudarla y regar las plantas, así ella no tiene que hacerlo.
Abrimos la canilla y llenamos un balde, regamos el rosal, la enredadera y el malvón. Volvimos a llenar el balde, que era casi la mitad de mi tamaño. Era tiempo de regar el ficus.
El ficus era el árbol más grande y solía estar en el medio del jardín. Con dificultad arrastré el balde hasta allí. Convencí a Cynthia de que lo mejor era que yo lo regara porque era más fuerte, si bien, la verdadera razón era, simplemente, que yo quería hacerlo. Llegué frente al inmenso árbol, lo miré firmemente y me decidí a tomar fuerza. Debía ayudar a madre, ella estaba muy cansada. Tomé el balde blanco por la fina manija pero no podía levantarlo, por lo que, tras varios intentos, lo tomé por debajo, lo levanté lo más que pude, más allá de mi cabeza, y lo giré para verter toda el agua en el ficus. El resultado fue que ni una gota de agua fue para la planta, sino que toda, absolutamente toda el agua cayó sobre mí, mojando tanto mi pelo como mi remera y mi pantalón.
En un primer momento, Cynthia y yo nos reímos, pero luego pensé que debía cambiarme de ropa para poder concluir la tarea, y esto, debía realizarse sin despertar a madre. Entré a la casa sigilosamente, tratando de hacer el menor ruido posible, pero madre, como todas las madres, parece tener un sensor y se despertó. Me vio empapada. Se levantó inmediatamente y sin siquiera preguntarme lo sucedido, me dio una cachetada en la cara, empezó a gritar y volvió a abofetearme. Me tiró del pelo, cerró el puño y continuó golpeándome. Yo no escuchaba lo que ella me gritaba, algo así como que yo nunca la ayudaba y que no la dejaba descansar. Quiso golpearme con su zapato pero se descubrió descalza ante lo que reaccionó dándome una patada. Yo sólo trataba de defenderme de los golpes, cosa que difícilmente lograba. Yo lloraba y lloraba. Ya conocía sus ataques de furia, sólo había que soportar los golpes, cubrirme la cara lo más posible para que no quedaran marcas visibles y esperar a que se calmara. Madre me quitó la ropa por la fuerza sacudiéndome y lastimándome, y me puso ropa seca. Me gritó que la dejara dormir y finalmente, entre murmullos, me dejó ir.

En mi mente todo estaba negro. Vi a Cynthia mirándome. Yo me había olvidado de ella, de su presencia. Ella había visto y escuchado todo. Cerré los ojos para evitar los suyos y su expresión de espanto. Sentí pena y vergüenza de mi. Pero Cynthia me tomó de la mano y me llevó nuevamente al jardín. Ninguna dijo nada. Comenzamos a jugar silenciosamente hasta que yo olvidé lo sucedido y continuamos corriendo y saltando.
No pensé nada pero sentí que Cynthia sería mi amiga para siempre. Una gran amiga.
Llegaron las siete y vinieron a buscarla. Nos despedimos muy contentas en la vereda, soñando con las tardes de diversión que estarían por llegar. La próxima vez iría yo a casa de ella. Sí, y eso sería pronto.

A los pocos días, Cynthia me invitó a su casa. Le dije que no. Yo no la quería por amiga porque no jugaba con los varones, no hacía travesuras, no hablaba de besarse con chicos, ninguno gustaba de ella. Además, era traga y tenía algo de cachivache.

Nunca más volví a ver a Cynthia.

viernes 27 de febrero de 2009

Al cortar.




Sonaba el teléfono. Tardé en atender porque estaba ocupada.
-¿Hola? Si. Si. Tengo que preguntar. Un momento, por favor.
Miré a mi alrededor, no había con quien consultar. Me levanté de mi asiento. Caminé por el angosto pasillo. No me crucé con nadie. Recorrí las habitaciones. Estaban vacías. Llegué a la número ocho. Golpeé la puerta. Nadie contestaba. Me asomé por la cerradura. No vi nada. No se porqué pero golpeé nuevamente. Abrió la puerta un hombre de unos cincuenta años, a quien yo no había visto nunca antes. Tenía profundas arrugas en la piel, la cual, estaba en gran medida cubierta por una abundante barba repleta de canas, cualidades, sin duda, que reflejaban el paso de los años.
Me besó.
Yo accedí con gusto.
Luego, con su voz rasposa, me preguntó:
-¿Por qué tardaste tanto? Te estaba esperando.
No contesté.

Me figuré a la muerte planeándome una trampa.
-Ya ni siquiera se digna venir a buscarme, sino que me atrae hacia ella, hace que la busque- pensé.

Su mirada tenía algo oscuro, siniestro. Pero yo no sentía miedo.
Me besó nuevamente.
-Esta noche te vas conmigo-me dijo.
No contesté.

Retrocedí, tomé por la derecha y aparecí en la sala principal.
Recordé el llamado.
-¿Hola, hola?
Nadie del otro lado.

Ahora, todos habían vuelto a su disposición inicial, como si ese instante nunca hubiera ocurrido. Así, las horas siguieron su curso. El reloj marcó las seis y media. Salí. No llegué a caminar una cuadra cuando lo vi aparecer.
-Te llevo-me dijo.
Ni siquiera lo miré. Abrí la puerta del acompañante y subí al auto.
- ¿Adonde vas?-me preguntó. Sabiendo que no iba dejarme ir en esa dirección.
A la estación de trenes Constitución- contesté.

Tomó la Avenida Caseros, al alcanzar Entre Ríos, dobló a la derecha. Perdí la noción de las calles. Ninguno hablaba pero existía una diferencia entre nosotros. Él era el dueño de la situación; tenía la certeza, la seguridad. Yo era parte de un vacío. No podía pensar en nada, no veía nada.
De pronto, se detuvo. El semáforo nos iluminaba a través de su círculo rojo. Era la única luz de la calle en el anochecer de un invierno frío. En un movimiento, que duró milésimas de segundo, se acercó hacia mí y comenzó a besarme. Esta vez mucho más apasionadamente. Para mí, resultaba evidente que quería demostrar su experiencia, creo que pensaba que debía compensar su decrepitud esforzándose porque yo me sintiera bien; que ese era el precio que tenía que pagar por besar a una chica 30 años menor que él.

Llegamos a Constitución pero ni siquiera vaciló en frenar. Vi pasar la sucia estación rápidamente.
El cielo estaba oscuro y las luces de la ciudad no permitían distinguir nada en él. Estacionó. Bajamos del auto. Subimos las escaleras. Buscó las llaves lentamente y las introdujo en la cerradura. Giró dos veces. Me hizo pasar. Prendí un cigarrillo y, mientras, armé un porro. Él no se sorprendió. Me pasó un cenicero y me preparó un whisky con dos cubos de hielo.
-Me conoce-, pensé.

Dejé el cigarrillo en el cenicero y lo invité con la mirada a la habitación. Vi que no había un solo libro en toda la casa.
¿Por qué me gusta?- me pregunté.

Me empujó sobre la cama. Se acostó él también. Yo no estaba en mí. Posó sus manos sobre mi cuello. Noté que sí él quisiera podría matarme. Dejó de besarme por un instante y se detuvo a mirarme.
-Estás demasiado flaca-.
Tenía pánico de mi desnudez. Me había dejado llevar pero no me había olvidado de mi delgadez. Me aterrorizaba la idea de no gustarle.
-Me cautiva- me dijo.

Volvió a abrazarme pero esta vez mucho más fuerte que antes. Sentí que me faltaba el aire. Vi que un leve humo asomaba desde la otra habitación.
¡El cigarrillo!- recordé.
¡Humo!- grité.
No te preocupes, en un día como hoy nada puede pasar.

Entonces, tomó el vaso, le dio el último sorbo y lo rompió contra el suelo. Los vidrios saltaron por el aire y lo lastimaron.
Me miró entregado, se miró la palma lastimada y con el pedazo que le quedó en la mano me atravesó una mejilla.
-Está probando el filo- pensé.

Yo me había sentado en la cama. Él me acarició la cara que sangraba y luego me tomó por las muñecas con su mano derecha. Las retorció hasta colocarlas con las palmas hacia arriba y de un sólo movimiento me cortó en las venas.
Caí de espaldas. Vi la misma escena que se entrecortaba una y otra vez. Me vi sentada sola en la cama rodeada de humo y sangre.
Estoy lastimada.
No, no estoy lastimada.
Miré alrededor de la habitación.
Ahí estaba él, sentado en el sillón, esperándome.



...i've grown older and you have grown colder and nothing is very much fun anymore and i can feel one of my turns coming on and i feel cold as a razor blade...come to the bedroom in the suitcase of the left you'll find my favourite axe dont look so frightened this is just a passing phase one of my bad days...

sábado 14 de febrero de 2009

Él.




Un día fui a su casa. Actué muy extraño. Ella, de esa tarde, no se acuerda de nada hasta el momento en el que estábamos parados uno frente al otro y me preguntó:

- ¿qué, no me querés más?-

Yo no contesté. Me quedé en un silencio estúpido.

-Encima sos tan cagón que esperás a que te lo pregunte yo; no sos capaz de decirlo. Debería haber besado al chico que conocí ayer-.

Ella se odió por haber dicho eso, si bien, era verdad. No lo había besado porque estaba enamorada de él.

-Y bueno, si no me vas a decir nada más mejor andate-.

Me quedé mirándola fijo sin irme. Di vueltas por la habitación sin decir una palabra más. Comprendió que nos estábamos separando. No lloró. Nunca la vi llorar. De repente, estábamos en la puerta nuevamente enfrentados. Yo, en la vereda, mirándola, la reja gris que nos interrumpía, ya estaba cerrada con llave; y ella, del lado de adentro tratando de ver algo en mí, tratando de entender lo poco que yo balbuceaba.

Ya había anochecido. Ella sabía que iba a dejarla desde hacía semanas. Lo sabía antes que yo. La miré creyendo que sería la última vez. Me fui. Avancé hacia la avenida, doblé hacia la izquierda y de ese día no recuerdo más. Ella entró, se sentó en el sillón y pensó que no iba a decir nada.

-Que se den cuenta solos-.

El fin de semana salí con mis amigos. Íbamos caminando por la calle San Martín hacia Rivadavia y a lo lejos la vi venir con sus amigas en la dirección contraria. Cuando estábamos a la altura de la galería nos cruzamos, bajó levemente la mirada y cuando nos saludamos la abracé largamente. Dejé a mis amigos y la llevé conmigo. Ella no se acuerda de nada más a partir del momento en el que subió al auto. Le conté que el día que nos separamos camino a mi casa había llorado. Ella se preguntó porqué, si yo era quien la había dejado.

A los pocos días estaba nuevamente en su casa. No había nadie más. En la cocina, ella me mostraba los negativos de unas fotos que había sacado hacía años en sepia y que recién había revelado. Me paré detrás de ella. Se alejó. Fuimos más cerca del aparador a buscar algo. La besé. Ella me respondió.

-Te amo- le dije.

- Callate-me contestó y me siguió besando.


Así, fue como todo comenzó a descomponerse: dejándola y diciéndole que la amo. No podía terminar, tenía que pudrirse. La visité hasta cansarme, obviamente sin volver a estar juntos. Ella se daba asco por no tener dignidad y aceptar lo que, sin decir nada, yo había propuesto. Estuvimos todo un año así. Ella estaba todavía más débil que antes y cambió radicalmente. Se volvió insegura y con delirios de persecución. Ya nunca pudo desprenderse de esos nuevos rasgos, ya nunca se iba a recuperar. Yo seguí llamándola y saliendo con ella. La visité hasta odiarla.

Y ahí, finalmente, la pude dejar.